¡Hola desde Barcelona!
Esta semana ha llovido en Barcelona como hacía meses que no llovía. Es esa lluvia que no avisa, que te pilla a mitad de calle sin paraguas y te obliga a decidir: o corres, o te rindes.
Yo me rendí.
Me quedé bajo el toldo de una frutería, con la bolsa de la compra empapada, al lado de un señor mayor que también se había rendido. No dijimos nada durante un buen rato. Mirábamos cómo el agua bajaba calle abajo, arrastrando hojas, un tíquet de autobús, el tapón de una botella. Al final él me dijo, sin mirarme: «Cuando yo era pequeño, esto era una fiesta». Y se fue, caminando despacio bajo la lluvia, como quien pasea en agosto.
Me acordé de la primera vez que mi hija Elsa saltó en un charco con sus botas de agua nuevas, y de lo poco que le importaba mojarse. En algún momento, los adultos aprendemos que la lluvia es un problema. Quizá deberíamos desaprenderlo un poco.
Esa noche no paró de llover. Desde la cama, el ruido del agua contra la persiana sonaba exactamente como el mar. Y pensé en Roberto, el protagonista de Nieva en Formentera, que una noche se despierta oyendo las olas en una casa que queda lejos de cualquier playa. Ese sonido imposible lo arrastra a un viaje hacia una Formentera hecha de recuerdos y de partes de sí mismo que creía enterradas.
Escribí esa novela persiguiendo justo eso: la sensación de que, a veces, algo raro y pequeño (un ruido, un póster viejo, un señor bajo un toldo) te abre una puerta. Si os apetece cruzarla con él, la tenéis aquí: Nieva en Formentera. Es una buena lectura para tardes de lluvia, y lo digo con toda la parcialidad del mundo.
Y si esta semana os pilla un chaparrón, haced la prueba. Rendíos.
Nos vemos entre líneas,
Artur
P.D. Si ya la habéis leído, una reseña en Amazon me ayuda más de lo que imagináis.