Saber ser mortal. Saber terminar las cosas, saber retirarse a tiempo.
Ver la muerte no como una enfermedad sino como una cura. Como un puente, como una puerta de entrada y no de salida.
La muerte, está ahí.
Nada es para siempre, todo fluye, todo refluye, todo influye.
Al igual que a Cicerón, a nosotros también nos aguarda Herenio, el ejecutor, el infausto centurión que pondrá el punto y final.
Y ya que debe ser así, hagamos que sea glorioso.
Hagamos que nuestra vida haya valido la pena ser vivida.
Que no se quede nada en el tintero.
Ama, escribe, lucha, corre, haz el pino, compra el pan, sonríe, ama de nuevo, llora, canta, baila, comparte, salta, grita, ayuda, aprende, sé ingenioso, piensa, besa, no dejes que nada te espante; date cuenta de que todo puede pasar, y de que si vas armado con una sonrisa, eres invencible.
Sé hombre, sé mujer; o cualquiera de las infinitas posibilidades de en medio.
Conócete a ti mismo.
No mueras siendo un extranjero de tu alma.
Y cuando llegue Herenio, estarás preparado.
Si puedes, escoge un lugar bonito. Aunque cualquier sitio valdrá.
A Cicerón le sorprendió dirigiéndose hacia el mar por una calle sombreada por los pinos. Luchó hasta el final y cuando comprendió que no había escapatoria; que había llegado su hora, se puso en manos de su ejecutor, alargó su vieja cabeza cubierta de nieve y ofreció el cuello sin temblar.
Dice la leyenda que sus últimas palabras fueron “non ignoravi me mortalem genuisse”:
Siempre he sabido que soy mortal.
Saber ser mortal. Saber terminar las cosas, saber retirarse a tiempo.
Ver la muerte no como una enfermedad sino como una cura. Como un puente, como una puerta de entrada y no de salida.
Ojalá nosotros también lo sepamos.

Artur R.

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