Cayó en mis manos la biografía de Mozart: Mozart o La música instantánea (Editorial Rialp) del autor Pierre Petit (compositor, Primer Gran Premio de Roma y especialista en Verdi y Rabel). La verdad es que casi todo lo que creía conocer de la vida de Mozart, lo había sacado de la genial película de Milos Forman Amadeus (con guion de Peter Shaffer), que de pequeño vi innumerables veces y que, si bien se toma grandes libertades a nivel biográfico (ahora lo sé), acierta en transmitir la pasión y el amor por la música del salzburgués. Pero su vida, en realidad, fue bastante más triste y dura de lo que se muestra en la cinta, aunque esta empiece con el cadáver del músico cayendo en una fosa común.

Vayamos por partes; varias cosas me han llamado la atención de la vida de Mozart a raíz de profundizar en su biografía. La primera, su formación. Gracias a los innumerables viajes que le organizó su padre (sí, para su propria gloria de pedagogo y para sacar pecho; pero qué suerte tuvo Mozart), tuvo la suerte de conocer a fondo la Europa de la época, la estética artística y musical de cada país, y sus mejores músicos. Claro, ahora solo hace falta coger un avión para ir a cualquier lado en un momento, pero en esa época cada viaje era una odisea en carro. Incluso, las primeras veces que fue a Italia, en el tramo final, el camino era tan malo que se tenían que bajar y acabar el trayecto a pie. Cada uno de estos viajes, no era, pues una simple actuación en la corte de turno, como hubiera sido seguramente ahora, y como nos lo imaginamos. Era una experiencia larga, vital y transformadora. Vivió Mozart, por ejemplo, un año en Londres (dentro de una gira que duró tres años y medio), donde entabló amistad con uno de los mejores castrato de la época, Giovanni Manzuoli , el cual le enseñó a cantar. Sí, Mozart cantaba también e improvisaba arias en sus actuaciones, al parecer con una voz exquisita, aunque poco potente. Este aprendizaje, le resultó fundamental luego para entender las limitaciones y posibilidades de cada cantante a la hora de escribir sus operas. Conoció también al padre Giovanni Battista Martini, maestro del contrapunto y la armonía, con quien se estaría carteando (enviándole partituras para saber su opinión) durante años. Y un sinfín de músicos, gente de la cultura, del arte y de la música, como Johann Christian Bach (undécimo hijo de Johann Sebastián Bach), que fue una gran influencia para él. Sin olvidar la parte quizás más importante, la de poder oír las obras que se producían en esos momentos. No nos olvidemos que, obviamente, en el siglo XVIII no había manera de grabar ni de reproducir música, el único modo de escucharla era estando allí. Y Mozart estuvo “allí”. De esa época, por ejemplo, es la famosa anécdota de el Miserere de Gregorio Allegri, pieza que solo se tocaba una vez al año, en la Capilla Sixtina, y de la cual estaba prohibida su difusión bajo pena de excomunión,  justamente con el propósito de recalcar ese momento único. Mozart la escuchó una sola vez, y eso le bastó para ir corriendo a su pensión y transcribir de memoria todas las voces de los dos coros (uno de cuatro y otro de cinco). Al día siguiente, se presentó asegurando haber puesto la música en papel. El asombro fue que la partitura era prácticamente igual al original. El papa Clemente XIV, sorprendido por el talento del músico de 14 años, no solo no lo excomulgó, sino que lo nombró Caballero de la Orden de la Espuela de Oro.

Pero quizás lo que más determina la vida de Mozart es el hecho de que en un cierto punto de su vida, decide independizarse de su patrón, el Príncipe-Arzobispo Colloredo. Cabe decir que en la época, no había músicos independientes que vivieran de sus obras. Todos debían estar bajo los auspicios de un poderoso que les garantizara el estipendio. La contrapartida es que se convertían en prácticamente esclavos a las ordenes de dicho patrón, que controlaba todos los aspectos de su vida y que podía disponer de ellos en el modo que quisiera. Mozart es el primer músico de su época en romper con esto. Cosa que le supuso, aparte del riesgo al que tuvo que enfrentarse (y que queda bien reflejado en la correspondencia que se conserva de la época), una ordalía de proporciones máximas. Aunque, con ese acto de extrema coherencia, Mozart se convierte en el primer músico libre de su tiempo.

El Mozart dueño de su destino, pues, vive momentos de gran éxito y llega a ganar dinero con sus obras (y como profesor), pero también pasa períodos de gran pobreza e inestabilidad, teniendo que ir de casa en casa (cada vez más baratas) con toda su familia a cuestas y pidiendo prestado una y otra vez dinero para poder subsistir. Es en su mayor bache económico y anímico, que compone sus dos últimas sinfonías*, para mi las mejores, sin llegar a estrenarlas nunca. Mozart (ni ninguno de sus contemporáneos) las llegaron a escuchar nunca. Las escribió por el propio placer de hacerlo, y quedaron en un cajón. Qué regalo. Y más cuando muchos de los músicos que arrasaban en la época son ya poco recordados o prácticamente olvidados… ¿Cómo se debía sentir Mozart? Lo sabemos parcialmente por su correspondencia: desesperado. Aunque no puedo dejar de pensar, que, después de finalizar alguna de esas piezas que nunca estrenó, sabiendo la cumbre que acababa de crear y que dejaba para la posteridad (para nosotros), no lo celebrara con un buen vaso de vino o una emocionante partida de billar (que tanto le gustaba), o las dos cosas.

De sus dos última operas, la primera, La clemenza di Tito (compuesta como un encargo para los festejos de la coronación de Leopoldo II como emperador), fue un fracaso. La segunda, La flauta mágica (encargo del empresario teatral y cantante Emanuel Schikaneder), un éxito que le dio mucha alegría y que le permitió respirar un poco durante el penúltimo año de su vida. Aunque Mozart estaba ya muy alejado de las altas esfera culturales y de poder de Viena, y tenía que estrenar en teatros de segunda para un público menos cultivado.

Tres meses después de este último estreno, a la edad de 35 años, Mozart se despedía de una vida vivida hasta el último segundo y que le ofreció lo mejor y lo peor del siglo. La causa comúnmente aceptada del fallecimiento: fiebre reumática aguda. Fue amortajado con manto negro con capucha, según el ritual masónico. Tenia entre manos el famoso Réquiem, inacabado. Amadeus. La memoria me estalla. Amadeus en la cama, moribundo. Amadeus tarareando el Confutatis en la película que de pequeño me hizo quedarme hasta las tantas de la mañana. Amadeus muriendo. Ahí va:

 

Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.

 

(Rechazados ya los malditos,
y entregados a las crueles llamas,
llámame con los benditos.
Suplicante y humilde te ruego,
con el corazón casi hecho ceniza,
apiádate de mi última hora)

 

Artur R.

 

*Sinfonía n.º 40 en sol menor, «Gran sol menor», KV 550 (1788) / Sinfonía n.º 41 en do mayor, «Júpiter», KV 551 (1788)

 

 

One Comment

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *