Nos ponemos delante de un reloj. Uno de esos con agujas. Y observamos el segundero. Clac, clac, clac, clac. Cada clac es un segundo, un instante, un momento que sucede al siguiente, creando una línea temporal que viene del pasado y va al futuro.

Pero ¿que pasaría si ese segundero se acelerara?

Primero veríamos que se mueve más rápido, claro, pero cuando la cadencia de clacs fuera lo suficientemente alta, uno cada 1/18 de segundo, dejaríamos de ver los clacs. ¿Qué veríamos entonces? Que la aguja se mueve de forma fluida, sin detenerse. En realidad se estaría deteniendo, pero no seríamos capaces de detectarlo. Otros animales, sí. El pez “Luchador de Siam”, por ejemplo, podría captar los clacs sucediéndose hasta a 1/50 de segundo. El caracol solo a 1/4 de segundo. Cada especie tiene su umbral, o sea, su tiempo interior mínimo (o tiempo interno) a partir del cual el tiempo deja de percibirse como un “decurso de acontecimientos” y pasa a ser un único acontecimiento fluido. Lo curioso es que este valor es el mismo en todos los dominios sensoriales de esa misma especie. En el hombre, ese 1/18 de segundo, indica que si alguien nos da 18 golpecitos por segundo, lo percibiremos como una presión continúa. Son también los 18 fotogramas por segundo del cine; 18 instantáneas que, a esa velocidad, percibimos como movimiento. O las 18 vibraciones  por segundo en el aire, que se perciben como el primer sonido que podemos escuchar.

Este fenómeno fue determinado en el siglo XIX por los biólogos Karl Ernst von Baer y Hermann von Helmholtz. Para ellos, cada momento o “signo moméntico” es la fracción de tiempo más pequeña e indivisible que podemos percibir. A partir de ahí es como un muro lleno de grietas, si nos alejamos lo suficiente, desaparecen.

Del mismo modo, el director de teatro Matthew Goulish defiende en su libro 39 microlectures que la repetición en un actor, bailarín o performer es imposible. Aunque la consigna fuera tan sencilla como abrir y cerrar los ojos y el actor tratara de seguirla a rajatabla, un examen minucioso daría cuenta de que cada vez los ha abierto o cerrado de modo ligeramente distinto. De forma general, pues, podríamos decir que el actor repite la acción de abrir y cerrar los ojos; por contra, si nos acercamos lo suficiente, veríamos que no hay repetición.

Goulish también señala el fenómeno de los vitrales de las catedrales. Se ha demostrado que en su base son más anchos que en la parte superior. A lo largo de los siglos, la gravedad hace que el cristal se comporte como un líquido que tiende a ir hacia abajo por el efecto de la gravedad. Es decir, que a corto plazo el vitral se comporta como un solido, pero a largo plazo, como un líquido. En este caso, se produce el fenómeno inverso: el movimiento es tan lento que tampoco lo podemos captar. En lugar de interpretar un flujo, interpretamos un estatismo.

Lo interesante de este fenómeno doble es que, a mi entender, nos da la clave de nuestra relación con la realidad. Muchas veces, por ejemplo, decimos que eso es así o asá, o que estamos contentos, o tristes. Es un simplificación, un percepción errónea. En realidad, si miramos más de cerca, podremos ver los fragmentos que conforman eso que hemos denominado «tristeza», y ver que está compuesta de pena, melancolía, alegría, frustración, esperanza…, etc. Las cosas no son uniformes, son un tejido de fragmentos con apariencia unitaria. Mantener este doble enfoque, no dejarse llevar por la imagen de conjunto creada en nuestro cerebro, es, muchas veces, difícil.

Aunque, a veces, bajar al sótano y reconocer todas las piezas del puzle sea el único modo de cambiar.

 

Artur R.

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