Racismo y Globalización

Alguien dijo alguna vez que, para acabar con el racismo, lo que deberíamos hacer es empezar a follar todos con todos sin parar hasta que sólo quedara una única raza que fuera una mezcla de las anteriores. No digo que no fuera divertido el proceso, pero el resultado sería a mi entender una mierda. Personalmente creo en la diferencia. Por suerte los hombres no son iguales que las mujeres, los altos no son iguales que los bajos ni los africanos son iguales que los europeos. Si todos fuéramos iguales, no habría ni rubias ni morenas, ni pelirrojas, ni castañas. Como mucho rubias de pote, pero ya se sabe que rubia de pote chocho morenote, o sea, un timo. 
Como amante de las diferencias, pues, me entristeció mucho cuando, en su momento, se impuso el euro y cayeron todas las monedas europeas. Antes, cuando viajaba, pongamos por caso a Francia, para mi, adquirir los francos franceses, ver su diseño, tamaño, tacto, aprender su valor y todo eso, formaba parte del mismo proceso de descubrimiento de una cultura singular y diferente. Vamos, lo mismo que ir luego a una fromagerie a comprar un trozo de Brie, o beber una copa de Borgoña. Del mismo modo, yo que viví un tiempo en Londres, me acostumbré a ver por todas partes los carteles de sus obras de teatro y musicales, de forma que para mí esas imágenes son también Londres. Ahora, tengo un pequeño shock cada vez que paso por delante de un cartel de “Los Miserables”, aquí en Barcelona, ya que han utilizado exactamente el mismo diseño que el de allí, y por unos segundos me desoriento. Ya se que pensarán que no tengo razón, pero a mi me gustaba más cuando para ver un buen musical uno tenía que ir al West End, de la misma forma que si ellos querían ver flamenco también tenían que venir aquí. Que se haga todo en todas partes es un poco rollo.
Si un extremo sería la diversidad total, el otro sería la globalización, es decir, una única moneda mundial, una única economía mundial y una única cultura de masas. Vamos por el camino y, aunque Goldman Sachs y compañía así desean que suceda, yo todavía tengo la esperanza que no podrán con nosotros y que al final saldrá a relucir nuestra grandeza. La uniformidad les permite a ellos controlarnos a base de convertir el mundo en una especie de Port Aventura donde todo está al alcance de la mano y sin esfuerzo, pero en donde también la Muralla China es de cartón piedra y los figurantes del Espectáculo de Bali, son actores de Europa del este con contratos basura. Vaya, que ya nada es real ni auténtico. 
Sin la diferencia, además, se pierde uno de los placeres máximos de la tierra: la mezcla. Pero no nos equivoquemos, para poder continuar mezclando hay que continuar siendo diferente, ¿no les parece?  Ostras, cuando mis amigos me llevan a la Barceloneta a tomar un aperitivo al Elèctric, parte de la gracia es que sólo hay un Elèctric y sólo hay un Robert que sirva como él lo hace. Y si quieres vivirlo tienes que ir a la Barceloneta, y sino te jodes. El día en que abran una franquicia en Nueva York no será lo mismo. 
Yo, personalmente, intento no cerrarme a nada. Si todos leemos los mismos libros, vemos la mismas películas y llevamos las mismas gafas acabaremos siendo todos la misma persona y entonces, ¿qué haremos? ¿Besarnos en el espejo? 
Así que no nos olvidemos: semos diferentes. Que ni las mujeres ni los hombres ni los blancos ni los negros ni nadie renuncien a lo que son. Y que lo diferente, lo desconocido, no nos preocupe. El racismo -como el sexismo- sólo puede surgir del miedo. Y el miedo sólo puede surgir de la ignorancia. Y ¿a quién le interesa que seamos ignorantes? A los que manejan el cotarro. Que no nos pillen con lo pantalones bajados.

Artur R.

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