Nunca mires atrás

Barcelona, 9 de Mayo del 2005. Cacho —detective privado, 30 años— se dirige como cada mañana a su despacho mientras una extraña atmósfera lo impregna todo; como si alguien hubiese derramado por el aire una misteriosa mezcla de Canción triste de Hill Street y Agua del Carmen, de almendras garrapiñadas y de whisky barato; como una burda sensación de fracaso en el estómago, de dolor de pies, de haber perdido el rumbo; como esa maldita soledad que se te clava como un puñal por la espalda.
Corre muchacho, ¿no ves que debes resolver la misteriosa desaparición de Juan Ramón Jiménez? Corre muchacho, porque H.P. Ras te quiere mal. Corre muchacho, antes de que Los Caballeros del Alba Gris consigan contactar con el inframundo.
Corre muchacho ya, no te detengas más.

«Sólo el primer párrafo debería estar cincelado en bronce en todas las escuelas y talleres de escritura»
Carlos Puyol, editor

«Destacan la rapidez, el sentido del humor, la capacidad para encontrar una variación diferente a un género ya muy transitado»
Enrique Murillo, editor

Su alma al diablo

¡NOVEDAD!

Siempre que se gana algo, se pierde otra cosa.
Si solo lo hubiera sabido cuando, hace un año, mi viejo me mandó al Burton College. Entonces tenía dieciséis años y, a pesar de toda la mierda que me habían metido en la cabeza, hice un montón de colegas; te lo aseguro. Lo pasamos en grande sorbiendo nenuco a todas horas y moviendo el esqueleto. Pero de golpe apareció un fiambre y todo se torció. La muerte siempre lo tuerce todo. Y, después de esa muerte, llegaron otras muertes. Y todo se mezcló con la birra y el amor, con el mal y el colegueo, con los sueños y las risas; con un Londres invernal y una lluvia que lo lava todo, que se come tu alma como si fuera un maldito Boca Bit, que te mata y te resucita.
Está bien, lo que tienes entre manos son mis aventuras de crío.
Colega, lo vas a flipar.

M. Cacho
(Agosto de 1992)

Cuentos dulces

Hubo un tiempo en el que los gatos no llevaban botas, en el que los tiburones hacían películas de Hollywood, en el que acercarse a saludar al sol no era imposible, en el que titánicas luchas contra el Mal tenían lugar con el fin de salvar a niñas indefensas.
Era el tiempo de las historias, el tiempo de la leche humeante al lado de la chimenea, de las pantuflas, de la manta de lana.
Hubo un tiempo en el que no se podía ir a la cama sin haber escuchado un cuento de los de verdad, con animales, princesas y monos que juegan al ajedrez.
Un tiempo pasado.
Pero esta noche no. Agárrate fuerte a este libro, porque hoy hay luna llena y las historias —como hombres lobo en busca de víctimas— ya merodean por tu imaginación.